ENTRE LA LITERATURA TESTIMONIAL Y LA VIDA POÉTICA
REPORTAJE A ÁNGELA PRADELLI

Por Enrique Salinas

Ángela Pradelli es una de las narradoras más destacadas de Argentina, siendo una referente para las nuevas promociones que entienden la literatura no sólo como una expresión, sino como una vocación donde el oficio juega un papel fundamental. De ello da fe su obra, por la cual obtuvo distintos premios, como el Premio Emecé de Novela 2002, el Premio Clarín de novela 2004, el Premio al Mejor Libro sobre Educación que otorgó la Fundación el Libro 2010/2011, entre otros.
Traducida a diferentes idiomas, ciudadana del mundo, de mirada crítica sobre la realidad, Ángela Pradelli es una mujer que hoy nos cuenta cómo es escribir, en este aquí, en este ahora, para vivir siempre.

¿A qué edad comenzaste a escribir y a qué edad decidiste que la literatura era tu profesión?
Siempre me gustó leer, lo disfruté desde chica, pero no era sólo el placer, era sobre todo una necesidad. No sabía de dónde venía esa sensación un poco perturbadora que se calmaba inmediatamente cuando empezaba a leer. No hablo sólo de literatura, me gustaba leer todo lo que estaba a la mano, prospectos de medicamentos, recetas -médicas, de cocina-, presupuestos, boletos de transporte público, pequeñas esquelas familiares. En fin, todo texto que normalmente circula en una casa era para mí muy atractivo de leer. Por lo tanto hacer la carrera de Letras fue un disfrute total, ejercer la docencia en escuelas secundarias también, imaginate, mi trabajo consistía en leer y escribir en las aulas, siempre fui a trabajar muy feliz, durante más de treinta años. Sin embargo la necesidad de escribir no aparece sino hasta un poco antes de los treinta años, salvo algún poema en la adolescencia que por suerte las mudanzas se encargan de perder. Yo no siento la escritura y el ser escritora como una profesión, o como una carrera, sino como un oficio en el que todos los días estoy aprendiendo cosas nuevas.

¿Cómo fue tu infancia?
Muy feliz, yo nací en la ciudad de Buenos Aires y me crie en Burzaco. Para los que vivíamos en el conurbano fue muy importante las horas que pasábamos jugando en las veredas, por ejemplo. Había una vida afuera de las casas que era muy rica también, horas andando en bicicleta descubriendo caminos. Pienso mucho en esos aprendizajes. Por otra parte, y en relación a tu pregunta anterior del inicio de la escritura, yo tuve abuelos italianos, y creo que en esa infancia, en esa lengua hablada por ellos, hay un inicio, que yo pude reconocer mucho después por supuesto. Mis abuelos maternos vivían en Villa Regina, Río Negro, y nosotros pasábamos los veranos allí. Los domingos íbamos al río con mi abuela. Casi siempre por las noches, cuando ya todos dormían, yo cruzaba el pasillo ancho que llevaba a los cuartos y entraba a la habitación de mi abuela. El pasillo estaba oscuro pero yo caminaba segura, guiada por la luz que se filtraba por debajo de la puerta de su cuarto. Mi abuela dormía tan poco que a veces cuando amanecía, ella estaba todavía despierta, pero nunca la oí quejarse por eso. En verano dejaba la ventana abierta toda la noche y a veces, cuando entraba a su cuarto, la encontraba con los brazos apoyados sobre el marco oscuro de madera barnizada. Otras veces la encontraba sentada sobre la cama. Era una cama tan alta que las piernas le quedaban colgando y ella hacía un balanceo casi imperceptible con los pies. Mi abuelo dormía de espaldas, abrazado a la almohada, mientras ella revolvía una caja de zapatos llena de papeles, escritos casi todos en italiano. Cartas que ella desdoblaba y me leía en ese susurro espeso en el que hablábamos para no despertar a mi abuelo. Tarjetas. Fotos que tenían una dedicatoria al dorso. Estampitas de comunión de sus parientes en Italia. Ella me leía y hacía crecer un murmullo en ese calor pesado del cuarto. Después volvía a guardar todo en la caja y la escondía abajo del ropero. Y aunque nunca terminé de conocer del todo esos secretos, yo los guardé para siempre. Y a veces cuando escribo me parece que es eso lo que vuelve. El susurro de un idioma que entiendo a medias dentro de un cuarto caluroso; apenas un puñado de palabras para contar lo que está oculto. Voces de gente que no conozco, y que hablan ahí, encerrados en una caja de zapatos escondida debajo del ropero. Y una luz que algunas noches se filtra por debajo de la puerta y alcanza para alumbrar la oscuridad mientras camino.

¿Cómo estás llevando esta pandemia? ¿Afectó de alguna manera tu escritura?
Al principio estuve un tiempo sin escribir, no podía, leía sólo cuestiones relativas a la pandemia, al virus, las vacunas. Estuve un mes así, tal vez un poco más. Por suerte después retomé la escritura y la lectura. Escribo y leo mucho. Si el día tuviera 70 horas y yo varios pares de manos, los ocuparía por completo en esta etapa.
Además, después de esa primera sequía en pandemia, surgieron muchas ideas y proyectos. Voy anotándolos en mi libreta de mano. A veces me tienta empezarlos también, pero sería abrir mucho el juego, de todas maneras, voy tomando algunas notas y haciendo ciertas lecturas para esos proyectos que están en carpeta. Empecé a tener sueños en relación a una obra de teatro que quiero escribir, un texto corto. Cómo no lo escribía, ¡oh, el inconsciente, empecé a soñar con los personajes, los diálogos, las escenas, una noche soñé con el final de la obra, hasta soñé con una puesta de luces!

¿Cuál es el peso de la historia de nuestro país en tu obra?
Siempre percibí el tiempo como un todo; la división de pasado, presente y futuro me resulta forzada. Todo el pasado está acá, en esta conversación que estamos teniendo, y también está el futuro. Tal vez por eso, no siento el pasado como un peso, sino como algo que sigue sucediendo, es decir, lo que ya sucedió transcurre aun hoy en nuestros días, esa es la perspectiva que me interesa, mi mirada ve esas cosas.

Tu ficción, por momentos, es autorreferencial. Me refiero a la novela El lugar del padre y al libro de poemas Un día entero. ¿Cómo se hace para escribir ficción desde la historia personal?
Me cuestan, en general, las divisiones tan tajantes. El límite entre lo que es ficción y lo que no es un línea de trazo muy delgado, hecha a mano alzada, que se corre todo el tiempo de lugar, zigzagueante. Escribí El sol detrás del limonero con las cartas que mi abuelo le había escrito desde Burzaco a su hermano menor Modesto, que había quedado en Italia, en Peli, el pequeño pueblo de montaña en el norte de Italia. Las encontré en Génova, las había guardado Rita, la hija de Modesto durante más de 60 años. He tomado párrafos en los que no cambié nada, sin embargo algunos lectores lo leen como ficción y otros, por esto mismo que te digo, casi como un legado. Me pasa lo mismo con los géneros. Hay lectores que lo consideran un libro de poesía y otros una novela. A mí me alegra que los libros escapen a las clasificaciones, y a la comodidad de los catálogos.

Fuiste invitada, como escritora residente y conferencista, a Suiza, a Italia, a Estados Unidos, a Alemania, y a China ¿Te imaginabas, de joven, que la literatura te iba a llevar a conocer el mundo? ¿Y qué es lo que considerás que te dejaron todos estos viajes?
No, no me lo imaginaba, mi realidad estaba muy lejos de poder hacer tantos viajes. Sin embargo, hay algo curioso, cuando conozco un lugar, me doy cuenta que ya había estado ahí por la literatura. La lectura te hace viajar antes. Estuve en China con siete escritores de distintos países, era nuestra primera vez, sin embargo yo no sentía la extrañeza que sentía el resto en cada lugar que recorríamos. Esas cosas me las da la lectura, haber leído a los poetas chinos me llevó a China antes de aterrizar allí por primera vez. Los viajes me dejaron muchas cosas, amistades entrañables, conocí a mi familia en Italia y ahora tenemos un vínculo muy fuerte, un viaje es inagotable, tiene muchas capas.

Tu narrativa tiene momentos poéticos intensos y determinados, y tu poesía, instantes de narrativa. ¿Cómo es habi-tar ambos géneros?
Escribo sin pensar en los géneros, me siento muy libre en ese sentido. En general escribo dos o tres libros en paralelo, es muy común que incluya poesías inédi-tas en mis libros de ensayos, hago mucho esos cruzamientos.

¿Es complicado ser mujer y escribir en Argentina?
En una sociedad machista, en un mundo patriarcal, las mujeres tenemos enormes dificultades, más allá de los oficios y profesiones. En los últimos años hemos hecho visibles esas atrocidades, que es un gran paso. No hay que aflojar, es un camino largo hasta que lleguemos a tener los mismos derechos. Antes de la publicación del libro virtual Por qué llora esa mujer, que fue a fines de febrero de 2020, estuvimos tres años trabajando en el proyecto. Fueron años muy intensos porque tomábamos testimonios de mujeres que padecieron violencia machista y patriarcal, y son historias muy duras, mujeres heridas profundamente. También tomamos el testimonio de familiares de tres mujeres asesinadas. Es inconmensurable ese dolor. Por qué llora esa mujer tiene una columna muy sólida en el testimonio de mujeres, algunas de las cuales nunca habían podido hablar antes. Son momentos en que la fragilidad de las víctimas se transforma en fortaleza en el cuerpo de sus palabras. Y luego está la escritura, que es el sostén de los testimonios y respeta las voces de las mujeres. Me refiero a que tuvimos especial cuidado deno “hermosear” nada en el texto a través de lo que podría verse como un estilo literario. Nos pareció muy importante poder sostener cada voz, cada oralidad, en las palabras escritas.

La literatura como testimonio es algo que te interesa de manera central. De ello dan cuenta los libros La búsqueda del lenguaje, En mi nombre y el libro colectivo ¿Por qué llora esa mujer? ¿A qué se debe esto?
Ya en 1970, Rodolfo Walsh, en una conversación con Ricardo Piglia, afirmaba que el testimonio es una categoría artísti-ca equivalente a la ficción. “En un futuro, afirmaba Walsh, tal vez se inviertan los términos y lo que realmente se aprecie en cuanto a arte sea la elaboración del testimonio o del documento que, como todo el mundo sabe, admite cualquier grado de perfección. Evidentemente, en el montaje, la compaginación, la selección en el trabajo de investigación, se abren inmensas posibilidades artísticas.” El testimonio es eso, la verdad de un dolor en primera persona ofrecido a la escritura.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?
Estoy escribiendo tres libros en paralelo. Dos soldados, que se publica por Emecé a principio del año próximo. Lo escribí a partir de los testimonios de Pietro Freschi, un soldado italiano que participó de la Segunda Guerra Mundial y de Héctor Roldán, que combatió en la Guerra de Malvinas. Un libro de poesía, Una tristeza liviana, y el tercer libro, El corazón perdido de las cosas, para el que tomé testimonios de personas que vivieron sus infancias durante la Shoah.

ASÍ ESCRIBE ÁNGELA PRADELLI:

El sentido de las palabras, relato publicado en Página/12, disponible a través de este link: https://www.pagina12.com.ar/diario /verano12/subnotas/ 238809-66680-2014-01-30.html


¿Por qué llora esa mujer?, es el libro que realizó junto a la escritora Alejandra Correa, a fines de 2016 y que recopila testimonios sobre violencia de género, de mujeres de todas las edades y que aluden a las distintas formas de violencia: El vacío legal, las prácticas policiales, la falta de respuesta ante el problema, son algunos de las miradas que visibilizan esta problemática.
Se puede acceder al libro de distri-bución gratuita desde la página de la Biblioteca del Congreso de la Nación, a través del link:
https://bcn.gob.ar/amigos-en-las-redes-1/por-que-llora-esa-mujer