IMPACTO DE LAS CRISIS SOCIO-ECONÓMICAS EN LA SALUD MENTAL

Escribe Estefania Renzetti

Argentina no es una excepción en el mundo y, mucho menos, en momentos de crisis. Si bien afectan a toda la población, hay sectores que se encuentran más expuestos que otros ante las dificultades. Las recurrentes crisis económicas y sociales que cíclicamente afectan a nuestro país, tienen un impacto directo en la salud mental de la población.

En épocas como la del 2001 la pérdida de empleo, de ahorros, de esperanza, la incertidumbre y la falta de respuestas concretas por parte de un estado en crisis, provocaron estragos en la salud mental; habiéndose detectado un incremento en casos de depresión y ansiedad durante y posterior a la crisis. También se registró un aumento en los casos de estrés postraumático, especialmente entre aquellos que perdieron sus ahorros y empleos.
Otro alarmante indicador fue la tasa de suicidios. Según datos del Ministerio de Salud de Argentina, aumentó un 18% en 2002 en comparación con los años anteriores. Este incremento fue asociado a la desesperación y la sensación de falta de salida económica y social.
Los niños y adolescentes no quedaron ajenos de esta situación. Esta franja etaria también se vio afectada, presentando mayores niveles de estrés y problemas emocionales debido a la inestabilidad familiar y la inseguridad económica.
Otra crisis significativa de los últimos años fue la de la pandemia del COVID-19, que si bien estaba influenciada por otros factores como la incertidumbre frente al virus, la espera del surgimiento de vacunas o el aislamiento social, también el aspecto económico jugó un rol fundamental. La actividad económica tuvo una recesión debido a la prohibición de circulación y de determinadas actividades. Muchas personas perdieron sus empleos o emprendimientos y, lo que es peor, perdieron familiares en circunstancias atípicas agravadas por la imposibilidad de realizar un ritual de despedida como un velatorio.

Sin dudas esta serie de imposibilidades y dificultades generaron impactos sumamente significativos en la población. Un estudio de la Universidad de Buenos Aires encontró que el 46% de los encuestados reportaron niveles elevados de ansiedad y el 25% síntomas de depresión moderada a severa.
A su vez, la incertidumbre, el confinamiento y las preocupaciones económicas incrementaron los niveles de estrés. Un informe del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Universidad de Buenos Aires indicó que el 70% de los participantes experimentaron algún tipo de estrés relacionado con la pandemia.
Simultáneamente, hubo un notable incremento en la demanda de atención psicológica y psiquiátrica, tanto en el ámbito público como en el privado. Datos del Ministerio de Salud muestran que las consultas por problemas de salud mental aumentaron un 40% en comparación con años anteriores.
Los adultos mayores fueron una población especialmente vulnerable no solo frente al virus sino también a los efectos del aislamiento social. Informes del Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados (PAMI) indicaron también un aumento en los casos de depresión y ansiedad entre los adultos mayores.
Por otro lado, un estudio del Hospital de Clínicas de Buenos Aires reveló que los trastornos de ansiedad y los problemas de conducta en niños y adolescentes aumentaron en un 30% durante la pandemia. El cierre de escuelas y la falta de interacción social en épocas claves del desarrollo de un niño o adolescente, tuvieron un impacto significativo en el área emocional, vincular, social y, por consecuencia, en su conducta.

Ahora bien, lo alarmante es que la pandemia ha culminado pero los datos no han vuelto al estado previo. Según el relevamiento realizado por el Observatorio de Psicología Social Aplicada de UBA en diciembre de 2023, el riesgo de padecimiento de trastorno mental de la población general es 9,4%, siendo éste más alto en los participantes de menor edad. A su vez, han hallado que el 45,5% considera que está atravesando alguna crisis, siendo las de mayores puntajes: crisis vital y crisis económica.
Lo destacable de este estudio es que los datos arrojan que los niveles de sintomatología ansiosa, depresiva y riesgo suicida son mayores en personas más jóvenes y con un estatus socioeconómico autopercibido menor, mientras que el 51,71% de las personas que no realizan tratamiento psicológico perciben la necesidad de hacerlos pero informan la imposibilidad de realizarlos por no tener acceso.
Estos datos nos permiten inferir que tal como ha ocurrido en otras crisis, los factores socioeconómicos intervienen no solo en el desencadenamiento de las alteraciones de la salud mental sino en el abordaje de las mismas, ya que muchas personas no cuentan con los recursos económicos para afrontar un tratamiento psicológico o psiquiátrico, ni con coberturas médicas que se lo faciliten. Mientras tanto, en épocas donde el individualismo y el debilitamiento del Estado tienden a predominar como modelo cultural, social y político, el desasosiego y la falta de respuestas por parte de las instituciones oficiales, arrojan a las personas a una profunda incertidumbre.
Por consiguiente, impacta a la sociedad en general, a estudiantes, jubilados, a la industria, pymes, emprendedores, trabajadores asalariados y autónomos y, en mayor medida, a aquellas personas que no cuentan con recursos de respaldo, a quienes la recesión y el ajuste los deja sin margen de maniobra y con posibilidades de adaptación muy limitada.

Quienes dependen en alguna medida de asistencia estatal, como un tratamiento médico farmacológico o asistencia alimentaria, son quienes quedan a la intemperie de los abruptos cambios socioeconómicos. Así la falta de respuestas genera una situación de incertidumbre que puede devenir en stress, ansiedad, depresión y/o consumos problemáticos. Sólo hablando de lo que implica a la salud mental pero, como bien sabemos, somos una unidad biopsicosocial, y lo que impacta en el psiquismo, muchas veces puede desplazarse al cuerpo y a la salud física.
Podríamos deducir que una de las razones por las cuales los jóvenes de sectores más vulnerables son más propensos a sufrir síntomas depresivos y ansiosos puede tener que ver con la falta de proyección a mediano y largo plazo. La falta de empleo, los escollos económicos para acceder a una formación académica, los problemas para independizarse y tener acceso a una vivienda, son algunas de las variables que los jóvenes suelen referir. Algunos de ellos incluso confían y depositan sus esperanzas en un nuevo modelo político que promete acabar con los inconvenientes que, argumentan, el mismo Estado genera. Sin embargo, es el Estado el único garante capaz de dar soluciones a las problemáticas de desigualdad y de acceso a la salud, ya que el mercado no tiene como finalidad ese rol.
Sin embargo, encontrar un punto de equilibrio que permita dar paso a un Estado eficaz y controlado parece no ser una opción en momentos de profunda crisis de sentido. O es todo o es nada. Impresiona que ningún líder ha inspirado desde un lugar mesurado, no ha prosperado un modelo de reflexión, de consensos, de autocríticas constructivas, de puntos medios. La decepción de las masas, ha devenido en elecciones de posturas extremas que, lejos de unirnos como sociedad en búsqueda de soluciones colectivas, han profundizado la grieta, incluso roto vínculos, dejándonos cada vez más en mayor soledad e individualismo.
Por supuesto, que esto deja consecuencias en la salud mental, en los vínculos interpersonales, en la manera de relacionarnos, en la propagación de la agresividad que parece no estar sancionada, sino incluso avalada y autorizada. Muchos experimentando desesperanza, una diáspora de sentido, falta de confianza hacia el prójimo que tiende a ser visto como un enemigo por lo que elije o piensa, por cómo vive. Una profunda culpabilización bajo aquella sentencia de que “el pobre es pobre porque quiere” y una meritocracia falaz que oculta que sin igualdad de oportunidades no podríamos hablar de igualdad ya que, para tal caso, todos debiéramos iniciar desde un punto de partida similar.

Dichas situaciones van en contrapartida a la creación de comunidad y profundización de lazos, factores de suma importancia a la hora de abordar el malestar psíquico y hacer prevención en salud mental. El aislamiento, como se ha expuesto anteriormente, tiene impacto negativo en la salud mental de las personas y según la OMS la soledad ya es considerada una epidemia mundial que va en ascenso. La soledad constituye un factor de riesgo para diferentes patologías, puede acentuar síntomas psíquicos preexistentes y hasta generarlos o precipitarlos como causante.
Otro problema relevante de urgente abordaje, es el consumo problemático y las adicciones. En el estudio citado anteriormente observamos que el 34,50% de los participantes informó consumir alcohol y el 9,70%, drogas. El 4,40% de quienes consumían alcohol, consideraba que tenía un problema con el consumo de alcohol. Sin embargo, muchas veces no se tiene conciencia de esta enfermedad (o se la niega), por lo cual podrían ser mucho más altos los guarismos. Lo mismo ocurre con las drogas. Dentro de los consumidores de drogas, el consumo de marihuana por el 86,60%, y el de cocaína por el 9,10%.
Asimismo, nos encontramos con una creciente adicción por el juego, problemática que está generando marcada preocupación en jóvenes con los juegos en línea.
Políticas públicas pertinentes que intervengan en la prevención, atención temprana y abordaje son de urgente implementación, ya que los dispositivos existentes no logran contener la demanda en aumento desde hace ya hace varios años.
Es fundamental desarrollar políticas de prevención que alienten las conductas de autocuidado y bienestar. El deporte y la actividad física han sido encontrados como aliados en los indicadores preventivos. A su vez, especial énfasis a la construcción de lo comunitario, que las personas puedan encontrar un lugar donde ser alojados en las instituciones, donde crear lazos y redes de contención, donde puedan construir identidad, llevar adelante intereses y desarrollarse.

Siguiendo esta perspectiva, podemos pensar también al trabajo como una actividad que supone la presencia del otro, que posibilita la creación de lazos y que le permite al ser humano crear sentido, a la vez que le otorga una rutina ordenadora vital a la hora de promover el bienestar psíquico. Freud en 1930 definía la salud mental como la capacidad de amar y trabajar. Es menester reflexionar entonces, cómo la creación de trabajo de calidad puede influir positivamente en una sociedad, permitiendo que sus miembros se desarrollen a la vez que su comunidad se desarrolla. Que un ser humano pueda, a través del trabajo, oficio o profesión autorrealizarse y tener capacidad de proyección, impactaría muy favorablemente en la salud psíquica individual y comunitaria, orientándonos no solo a construir salud en cada individuo, sino de manera integrada y solidaria con el colectivo social acrecentando la calidad de las relaciones interpersonales de sus miembros. En cuanto al abordaje de las problemáticas de salud mental, el incremento y la garantía de acceso al tratamiento psicológico es una prioridad a resolver. Las dificultades económicas que atraviesa una sociedad en la que el 51,5% es pobre (según UTDT), hacen que una gran mayoría no tengan la capacidad de pagar un tratamiento, o que no cuenten con una cobertura médica que les cubra la prestación y, aunque contamos con hospitales y centros públicos eficaces en su abordaje y tratamiento, lo cierto es que frente a la demanda, no dan abasto. Fortalecer el sistema de salud, y en particular el de salud mental, supone una inversión de gran valor que actuaría de manera favorable a nivel convivencial, además de contribuir al bienestar físico general: no hay salud sin salud mental.


Bibliografia
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