En torno a este significante (que a esta altura ya representa otra cosa, además de representar al propio sujeto) se generan numerosas demandas de atención por parte de padres, educadores, parejas: “volvió a jugar”, “solo queremos que deje de hacerlo”, “nos sacó dinero y las tarjetas”, “nos damos cuenta que miente”.
Es que hoy por hoy el juego es una palabra demonizada que genera en las personas la imperiosa necesidad de arrancarla de la vida cotidiana.
Entonces me interesa ponerla en su lugar, y que cada uno atienda su juego, esto es, se responsabilice en lo que le toca frente a este fenómeno de la ludopatía, manía por el juego o pasión por el juego.
A modo introductorio, abordaré brevemente algunos resultados de quienes investigamos y estudiamos este acto desde hace unos años.
El juego es una actividad antiquísima, y con el correr del tiempo ha tomado significaciones marcadas por cada época. Otrora, los juegos eran manuales, lentos, comportaban un ritual, eran sociales, había que aprender y tenían reglas. Los juegos de azar, como los caballos, la ruleta, los bingos, las tragamonedas, las apuestan on line, no dependen de la destreza y capacidades cognitivas del jugador, aunque también están los juegos de estrategias que requieren de un pensamiento elaborativo y abstracto. Algunas características de los juegos son preferidas por hombres o mujeres y de acuerdo a las edades, pero lo que nos interesa desde el psicoanálisis es si con el juego alguien pierde o no el lazo con el otro. Esto es ya una diferenciación diagnóstica necesaria de realizar.

Por otra parte, el juego en las infancias, adolescencias y por qué no, en la vida adulta, es un aparato simbólico, un escenario necesario que se utiliza para aprehender el mundo, el propio cuerpo y la relación con otros. Constatamos que el juego es un modo de hacerse un cuerpo. Es importante así diferenciar juego ludopático del que no lo es, el juego social, recreativo y constitutivo.
El juego compulsivo es un fenómeno que sustituye la palabra y el proceso simbólico, por un actuar sin pensar donde solo se busca sentir “esa emoción” y volver a reencontrarla, una y otra vez. Como si el sujeto estuviera al borde de un abismo, y necesita volver a sentir esa sensación: “me salvo o me caigo”. Es el goce de la incertidumbre, es la ilusión de que puede controlar el azar. Es una adicción sin sustancia, silenciosa, pero que toca el cuerpo profundamente e implica una relación de adherencia muy particular a ese objeto. Se trata de descubrir en cada quién, qué tipo de relación se establece con el juego, el uso y función que ocupa en la economía libidinal de un sujeto. Esa sensación o emoción la conceptualizamos con una categoría que denominamos goce o pulsión, que nada tiene que ver con el placer de la vida y el deseo.
En estos meses ha habido númerosos espacios de debate en jornadas públicas y privadas, donde se ha dado tratamiento y visibilizado esta problemática que podría transformarse en una verdadera epidemia: las apuestas on-line, las cíber-adicciones y las adicciones a las pantallas. Actualmente se han indicado marcos regulatorios y restricciones a las empresas de entretenimiento, acceso a plataformas, controles. Varios, destinados a distintos sectores de la sociedad. Existen reglamentaciones, por ejemplo, en la provincia de Santa Fe que han comenzado en mayo del 2024 a partir del decreto 14235, sancionado en noviembre del 2024 como la “Ley de prevención y abordaje integral de la ludopatía”. Estimo que puede leerse como otra forma del “cada uno atiende su juego” por parte del Estado, con la intención (más allá de los resultados) de alertar, prevenir, visibilizar, reducir daño, promocionar la salud, enmarcando políticas de concientización.

“Cada uno atiende su juego” es también una forma de decir la época, por lo tanto, no aplica la lógica problema/solución, pues se trata de un fenómeno de la modernidad que nos toca a todos. El avance de las tecno-ciencias y el capitalismo globalizado como discurso hegemónico, conlleva consecuencias en las subjetividades y en los cuerpos con la presencia de nuevos síntomas y patologías en la vida cotidiana, familiar y amorosa que también ha sufrido mutaciones. El amor, los vínculos, los aprendizajes, el ocio y el tiempo libre se viven de manera distinta a otras épocas. Pasamos de la era digital —donde impera el acceso digital— al exceso, y esto es sobre lo que hay que estar atentos y advertidos para que no nos sobrepase y nos esclavice. El poder de lo fugaz, lo efímero, la rapidez, lo cuantificable por sobre otros valores, son signos de esta época. Así que un antídoto que propongo es poder interrogar de qué se trata el “buen o mal uso” de las tecnologías, salir de los binarismos con los que solemos defendernos y que en ocasiones nos definen, para poder cruzar otros discursos y modos de posicionarnos frente al juego, las tecnologías y lo digital.

Como psicoanalista, hago hincapié en el para qué un sujeto juega, en el rescate de su singularidad, más que en su prohibición y erradicación exorcizante, como un modo universal y disciplinado de encontrar un remedio para todos. La dirección es apuntar a pesquisar en cada quien la función que entrama esta actividad y así hacer con ella la experiencia del inconsciente, analizarla y tratarla vía simbólica en el dispositivo psicoanalítico.
Esto lleva su tiempo y un arduo trabajo que requiere del consentimiento de un sujeto que diga “sí quiero”. Es una oferta que va a contramano de los tiempos que corren donde imperan las satisfacciones autistas, el sin sentido, la ruptura del lazo con el otro, el desenfreno solitario y global.
Satisfacciones globales donde “cada uno atiende su juego”, cada uno con su goce y su adicción.
Un individualismo masificante que aplasta y vacía lo propio de cada uno.
Ps. María Juliana Bottaini
Red Ludopatía Rosario
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