FRANCISCO Y PEPE

Últimos resplandores del siglo 20

Escribe Marcelo Sevilla

Contemporáneos al fin de cuentas, Jorge Bergoglio, tiempo después Papa Francisco, nacía en diciembre de 1936 en el barrio de Flores de la ciudad de Buenos Aires. José Alberto Mujica Cordano, más tarde Pepe Mujica, en mayo de 1935, en una Montevideo que por entonces apenas superaba los 600.000 habitantes.
Testigos, y luego actores extraordinarios, de un siglo vertiginoso: el 20. Formados en una narrativa testimonial, construida sobre el cruce de la cultura europea con la estirpe rioplatense, en las arenas de dos países marginales, sobre el modelo de “las orillas”.
Un siglo que se inició con la descomunal expectativa que impulsaban las chimeneas de un creciente desarrollo industrial, con nuevas matrices energéticas, y el desarrollo científico y tecnológico, que prometía mejoras en la vida de las personas. Luego, amargamente, ese adelanto tecnológico aplicado a la guerra o divorciado de su responsabilidad colectiva, mostraba también una contracara feroz y destructiva, cuya emblemática creación desde la energía nuclear fue la bomba atómica, cambiando para siempre el paradigma de las confrontaciones bélicas y abriendo la amenaza de un apocalipsis cercano que ya no se volvió a cerrar.
Enormes saltos de escala, en medio de profundos cambios políticos y culturales. El arte de masas, las industrias del ocio, la sociedad de consumo, los nuevos medios de comunicación. La “conquista del espacio” y la llegada del ser humano a la luna.
Pero también fue uno de los siglos más violentos que se registren. Atravesado por dos guerras mundiales que provocaron millones de muertos, devastaciones y estragos. Las grandes guerras, los grandes genocidios, las grandes revoluciones, los grandes líderes, las grandes luchas sociales en pos del reconocimiento de derechos. Las nuevas potencias de Occidente y el predominio de EEUU, el ascenso y la caída del universo soviético, la consolidación y la crisis de la globalización económico-financiera planetaria y tanto más.

Fue también, en la filosofía política y en la producción cultural, el tiempo de las grandes ideas rectoras, de los grandes relatos emancipatorios que intentaron pensar, discutir y dotar de sentido las vidas en sociedad y las formas de organizarlas. Ideas diversas, totalizadoras —devenidas en prácticas totalitarias en algún caso— pero desde un sustrato común: la creencia fundamental en que la historia avanza, y además tiene un vértice: el progreso.
Una disputa por las ideas, a veces despiadada, que era también una disputa por construir hegemonía, poder. Y por la Verdad, así con mayúsculas. Y sabemos, cuando “habla” la Verdad, no surge una tarea: nace una misión.
La participación, la militancia, eran en aquel momento las herramientas a la mano. El compromiso con el destino de tu territorio y de tu pueblo estaba ahí. Tenemos conciencia y hay que hacerse cargo. Así, tanto la izquierda como la derecha, fueron proyectos políticos totalmente obsesionados con el futuro. Porque los habitaban las “certezas” de un lugar hacia dónde coronar el esfuerzo.
Y ambos eran pedagógicos. No les bastaba la gente tal como era. Había que educar-se, informar-se, “esclarecer”. Había que hacer un trabajo de transformación también sobre sí mismo. En la doctrina católica y en la misión evangélica que adoptó Francisco, desde la fe, era hacia el “hombre santo”. En la tradición socialista en la que se inscribió Pepe, era hacia el “hombre nuevo” (por entonces la palabra “Hombre” sintetizaba los géneros). Distintos nombres, pero en la concepción compartida de un “más allá”, de una metafísica. A través de la gracia o de la historia, según el caso. Hay una u-topía, una nueva tierra que puede llamarse Paraíso o Revolución, donde puede reinar la paz, la equidad, la felicidad. Una recompensa final para los justos.

Bergoglio fue ungido Papa en 2013. Eligió el nombre de Francisco en homenaje a San Francisco de Asís, quien predicó una vida de gestos austeros y humildes para promover sus valores. Condensa las misiones educativas y espirituales de los jesuitas. Dios es glorificado donde los seres humanos son salvados; “ad majorem Dei gloriam” (para la mayor gloria de Dios). Pepe Mujica, fue líder de la izquierda uruguaya, con una larga trayectoria de lucha militante. Fue guerrillero Tupamaro, lo que le costó 13 años de cárcel. 25 años después, luego de ganar democráticamente las elecciones nacionales, asumió como presidente de la nación. “He pasado de todo, pero no le tengo odio a nadie… y quiero transmitirles a los jóvenes que hay darle las gracias a la vida. Triunfar en la vida es levantarse y volver a empezar cada vez cuando uno cae".
En ambos hay un camino de comunidad. La concepción de que “hay algo que nos une a todos”. Somos individuos, pero no sobrevivimos si no es en comunidad. Somos especie, pero si rompemos la “semejanza”, si la desconocemos, el otro es solo “carne”, otra cosa, una “cosa”.
“Ama a tu prójimo como a ti mismo” es un mandamiento de cumplimiento imposible, pero es un horizonte. No podemos llegar a Dios, pero podemos conocer “la casa de Dios”. Más que humanismo: humanidad. Pero esa conexión, esa compasión (“yo soy tú”), no se estimula solo desde lo racional, sino también desde la sensibilidad. Y la sensibilidad se alimenta. La comprensión del Otro puede suceder porque “sufrimos de lo mismo”. El ser humano o rebasa hacia Dios, hacia el Bien, o deviene hacia los animales. Esa es su precaria situación. En Francisco y Pepe, la gran prevalencia de sus figuras y el reconocimiento mundial de sus mensajes, paradójicamente, se consolidaron ya bien entrado el siglo 21, cuando la deriva de las cosas se acelera hacia una razón desconocida o más allá de una estrictamente humana. Son voces que mantienen un tono y una enorme lucidez sobre cosas esenciales que hacen falta, pero se están yendo.
El 21, ya transitando la tercera década, nos encuentra atravesados por las nubes de los dispositivos personales y sus algoritmos, inflamando un ego ilusorio y tirano. La mercantilización de la existencia, que interpreta todas las relaciones bajo el esquema económico del costo—beneficio. Y un sinfín de libertades condensadas en una sola: la libertad de comercio. El capital ha convertido el valor personal en un valor de cambio.
Más allá, es también el siglo de las tecnologías de alta complejidad y altísimo riesgo, que están dejando huellas irreparables y cuyos efectos sobre el ecosistema perdurarán más tiempo que el que lleva la humanidad en la tierra. Un frenesí de consumo, un tránsito a ciegas, en un salto cuántico hacia el vacío.
Así, Francisco y Pepe, también contemporáneos a la hora de morir —en abril y mayo de 2025, respectivamente— eran soplos de otros aires, que llegaban desde más atrás. La autoridad se las confería la coherencia de vivir su pensamiento. Cada uno en su sobriedad, en su misericordia, en su benevolencia, mantuvieron el vilo de una conciencia humana, voces potentes de lúcida integridad, trayendo a la mesa lo que este nuevo tiempo “olvida” o posterga o ha decidido desechar: el registro enamorado del espíritu de lo vivo, de lo bello, de lo posible para mejor. De lo que podemos ser para bien, a pesar de todos los pesares.

El 21, ya transitando la tercera década, nos encuentra atravesados por las nubes de los dispositivos personales y sus algoritmos, inflamando un ego ilusorio y tirano. La mercantilización de la existencia, que interpreta todas las relaciones bajo el esquema económico del costo—beneficio. Y un sinfín de libertades condensadas en una sola: la libertad de comercio. El capital ha convertido el valor personal en un valor de cambio.
Más allá, es también el siglo de las tecnologías de alta complejidad y altísimo riesgo, que están dejando huellas irreparables y cuyos efectos sobre el ecosistema perdurarán más tiempo que el que lleva la humanidad en la tierra. Un frenesí de consumo, un tránsito a ciegas, en un salto cuántico hacia el vacío.
Así, Francisco y Pepe, también contemporáneos a la hora de morir —en abril y mayo de 2025, respectivamente— eran soplos de otros aires, que llegaban desde más atrás. La autoridad se las confería la coherencia de vivir su pensamiento. Cada uno en su sobriedad, en su misericordia, en su benevolencia, mantuvieron el vilo de una conciencia humana, voces potentes de lúcida integridad, trayendo a la mesa lo que este nuevo tiempo “olvida” o posterga o ha decidido desechar: el registro enamorado del espíritu de lo vivo, de lo bello, de lo posible para mejor. De lo que podemos ser para bien, a pesar de todos los pesares.